Konstantínos Kaváfis (en griego Κωνσταντίνος Πέτρου Καβάφης, Konstantinos Petrou Kavafis. Alejandría, Egipto; 29 de abril de 1863 – 29 de abril de 1933) fue un poeta griego, una de las figuras literarias más importantes del siglo xx y uno de los mayores exponentes del renacimiento de la lengua griega moderna.
Biografía
Cavafis fue el último de los ocho hijos de una familia griega originaria de Constantinopla (actual Estambul, Turquía), que había emigrado a Alejandría para el desarrollo de un negocio dedicado a la exportación de algodón egipcio y a la importación de paño inglés. Los éxitos comerciales del padre permitieron a la familia disfrutar de una vida burguesa entre las élites extranjeras alejandrinas.
La temprana muerte del cabeza de familia obligó a su madre (Jariclía, Χαρίκλεια) a emigrar a Liverpool buscando la protección económica de uno de los hermanos de su marido. Tras siete años en Gran Bretaña y tras la quiebra del negocio familiar en aquel país, se vieron obligados a regresar a Alejandría, donde ya nunca la vida familiar volvería a disfrutar el nivel que tuvo en los tiempos en que el padre vivía.
En 1882 tras el bombardeo inglés sobre Alejandría (para sofocar revueltas populares contra los extranjeros, y que convertirían a Egipto, a partir de ese momento, en un protectorado encubierto de Gran Bretaña), los Cavafis se vieron obligados a desplazarse a Constantinopla durante tres años, etapa en la cual todas las fuentes apuntan que Constantino tuvo sus primeras relaciones homosexuales con uno de sus primos.
Tras el regreso definitivo a Alejandría (ciudad que, a excepción de tres salidas cortas, ya nunca abandonaría hasta su muerte) Constantino comenzó a trabajar como funcionario de la Tercera Sección de Riegos del Ministerio de Obras Públicas egipcio (donde permanecería treinta años, siempre sin alcanzar un puesto fijo debido a su nacionalidad griega), ocupación que compartiría, durante algún tiempo, con algunas gestiones como corredor de bolsa.
Por deseo propio, nunca llegó a publicar un libro con sus poemas. Únicamente, por iniciativa personal, mandó imprimir dos libretos con algunos de sus poemas. Uno, en 1904, conteniendo 12 poemas, y un segundo, en 1910, en el que ampliaba el número a 27. Él mismo se encargaba de distribuir dichos libretos sólo a quien consideraba que podía entender su obra. Asimismo, de vez en cuando imprimía hojas sueltas con alguno de sus poemas, que luego distribuía discrecionalmente a quien pensaba que era digno de leerlos. Aun así, su nombre terminaría por darse a conocer, inicialmente en el ámbito de la cultura griega y más tarde, gracias a la difusión de su obra que en Gran Bretaña hizo E. M. Forster (quien conoció al poeta en 1917, al ser destinado a Alejandría, como funcionario de la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial), por todo el mundo occidental. Forster, Arnold J. Toynbee y T. S. Eliot estuvieron entre los primeros promotores de Cavafis en el mundo de habla inglesa antes de la Segunda Guerra Mundial.
Una nota biográfica escrita por Cavafis dice lo siguiente:
Soy de ascendencia de Constantinopla, pero nací en Alejandría, en una casa de la calle Seriph; Me fui muy joven y pasé gran parte de mi infancia en Inglaterra. Posteriormente visité este país siendo adulto, pero por un corto período de tiempo. También he vivido en Francia. Durante mi adolescencia viví más de dos años en Constantinopla. Han pasado muchos años desde la última vez que visité Grecia. Mi último empleo fue como empleado en una oficina gubernamental dependiente del Ministerio de Obras Públicas de Egipto. Sé inglés, francés y un poco de italiano.
A finales de 1932 le diagnosticaron cáncer de laringe. Tras una traqueotomía realizada en el Hospital de la Cruz Roja de Atenas, moriría en Alejandría el 29 de abril (coincidente con el día de su nacimiento) de 1933. Está enterrado en el cementerio griego de Chatby, en su ciudad natal, junto a su madre y seis de sus hermanas.
Es uno de los poetas más famosos de la Grecia moderna. Y como señala Marguerite Yourcenar en el prefacio a su traducción de los poemas de Cavafis, "es también uno de los más grandes, el más sutil en cualquier caso, el más nuevo quizás, el más nutrido hasta ahora por la sustancia inagotable del pasado".
Según Marguerite Yourcenar, “reconoció tempranamente su vocación de poeta, pero de su producción anterior a los cincuenta años sólo conservó un pequeño número de poemas, de los cuales sólo algunos se encuentran entre sus obras maestras. Cavafis sólo permitió que circularan unos pocos poemas raros durante su vida, insertados aquí y allá en revistas; su gloria, que llegó poco a poco, se alimentaba de hojas sueltas distribuidas con moderación entre amigos o discípulos; Esta poesía que sorprende a primera vista por su desapego, su casi impersonalidad, permaneció así, en cierto modo, secreta hasta el final, susceptible en todas sus partes de enriquecimiento y retoques, y beneficiaria de la experiencia del poeta hasta su muerte. Y sólo hacia el final expresó más o menos abiertamente sus obsesiones más personales, las emociones y recuerdos que a lo largo del tiempo, pero de manera más vaga y velada, habían inspirado y sostenido su obra".
Obra
Poema de Cavafis en un mural en Leiden (Países Bajos).
La obra de Cavafis, desde unos inicios alimentados por la lectura de parnasianos y simbolistas franceses, es madura, exigente, habitada por una refinada cultura grecolatina y una subyacente ironía. Obra corregida sin cesar hasta la perfección (algunos poemas fueron elaborados por espacio de diez años), consta de ciento cincuenta y cuatro poemas que consideró acabados y forman la edición canónica, más cierto grupo de otras composiciones que a su juicio no habían encontrado todavía su forma definitiva. Interesado por la historia, Cavafis compuso con frecuencia poemas no sobre grandes momentos históricos, sino sobre las decadencias después de los mismos, como el famoso Esperando a los bárbaros, El dios abandona a Antonio o Ítaca, algunas de cuyas frases han pasado a ser proverbiales. También son muy leídos hoy sus poemas homoeróticos, que cantan las excelencias sensuales del amor furtivo, como "Recuerda, cuerpo...". Los mejores poemas de Cavafis concentran la experiencia humana de una forma intemporal y por ello ha influido notablemente a autores de la poesía de la experiencia, como Jaime Gil de Biedma. Sus piezas históricas más inspiradas pintan con gran fuerza cuadros realistas y decadentes de un pasado poco conocido y ciertamente fascinante: el oriente helénico, desde la antigüedad hasta el presente; los reinos griegos postalejandrinos, la sujeción a Roma, Bizancio, el ascenso del Cristianismo y la convivencia de lo pagano y lo cristiano. Demuestra que, como creían los griegos, la historia es cíclica, e insufla los sentimientos de la nostalgia y del miedo a lo desconocido en sus evocaciones. Posee el secreto de recrear la atmósfera cotidiana de los tiempos ya pasados.
En sus poemas homoeróticos, asoma la flaqueza y la debilidad que acecha en los peores momentos, la atracción sexual intensamente física ligada muchas veces al cristiano sentimiento de culpa y la impotencia ante el paso del tiempo.
El estilo de Cavafis rehúye conscientemente la retórica, pero muestra un distanciamiento grave e inteligente, solemne e irónico a la vez. Por sus poemas desfilan jóvenes chaperos ingenuos y deseables, personajes históricos contemplados en sus momentos de mayor humanidad, gentes anónimas de la calle y objetos vulgares y corrientes que de pronto adquieren un profundo valor simbólico, como por ejemplo las velas encendidas y apagadas que representan el curso de la vida.
El uso de la memoria es un aspecto reconocible de la poesía de Cavafis. Extrae sus temas del pasado, elegidos con una técnica hasta ahora desconocida, evacuando el contenido de los mitos, conservando sólo los nombres. Luego reestructura sus propios mitos, simulando una inmersión en la historia griega. Esta técnica sitúa la ficción del poeta en las proximidades de los mitos que supo forjar la tragedia antigua, muy alejada de la experiencia histórica. Los temas más marginales, los detalles que el relato deja de lado, la impresión insospechada de un encuentro, la intimidad de un pensamiento furtivo y las miradas tiernas y conmovidas al cuerpo humano, tal es su material de predilección. Lejos del sentimentalismo, erige un universo en el que el hombre experimenta su “corporeidad” en la escala de la eternidad. Marguerite Yourcenar comenta: “La reminiscencia carnal ha convertido al artista en dueño del tiempo; su fidelidad a la experiencia sensual da como resultado una teoría de la inmortalidad.
Según el escritor y traductor francés Michel Volkovitch: “Cavafis es el anti-Rimbaud: su desarrollo fue gradual y lento. Sus primeros poemas los escribió a la sombra de los parnasianos, Baudelaire, los simbolistas, Browning; Sólo llega a ser plenamente él mismo cuando ronda los cuarenta años, un poco como Proust, su contemporáneo. Publicó poco y como arrepentido, reelaborando incansablemente durante años ciertos poemas. No verá la primera edición completa de su obra, publicada poco después de su muerte.
En España su influencia es determinante en la obra de Jaime Gil de Biedma (1929-1990) y sus seguidores y, a partir de sus primeras traducciones al español, fue leído con fruición, sobre todo por los llamados poetas Novísimos, especialmente de José María Álvarez, poeta que realizó una de las primeras traducciones de su obra y en cuya poesía, además, se refleja una acusada influencia del poeta griego. Entre otros poetas españoles influenciados por la obra cavafiana, podemos citar Luis Antonio de Villena, Juan Luis Panero, Fernando Quiñones, Ramón Irigoyen o Luis Alberto de Cuenca. Se ha discutido mucho sobre la influencia de Cavafis en Luis Cernuda, con quien compartía homosexualidad, desprecio por la rima y por el lenguaje solemne, pero –en realidad y aún admirándolo- Cernuda conoció poco la obra del alejandrino.
Constantino Cavafis fue también una figura influyente en el novelista británico Lawrence Durrell, en cuyo Cuarteto de Alejandría es una presencia permanente. Su poema Esperando a los bárbaros fue fundamental en la concepción de la novela homónima del escritor sudafricano John Maxwell Coetzee.
Su obra no apareció publicada en griego hasta 1935 (edición que contenía los 154 poemas canónicos del autor, es decir, aquellos que él personalmente había decidido que se publicasen); aunque decenas de estos y algunos otros que decidió finalmente rechazar habían aparecido ya en diversas revistas de literatura tanto egipcias como griegas. Esos mismos poemas se publican traducidos por primera vez en inglés en 1951. También hay que mencionar una novela corta fantástica, A la luz del día, traducida al español recientemente en 2007.
Louisa May Alcott (Germantown, Pensilvania; 29 de noviembre de 1832 - Boston, Massachusetts; 6 de marzo de 1888) fue una escritora estadounidense, reconocida por su famosa novela Mujercitas (1868). Comprometida con el movimiento abolicionista y con el sufragismo, escribió bajo el pseudónimo de A. M. Barnard una colección de novelas y relatos en los que se tratan temas tabúes para la época como el adulterio y el incesto.
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Biografía
Sus padres eran Abigaill May y el pedagogo, escritor y filósofo trascendentalista Amos Bronson Alcott, vinculado al abolicionismo, al sufragio femenino y a la reforma educacional. Louisa tenía tres hermanas, Anna, Lizzie y Abba May. Su hermano Dapper murió cuando todavía era un niño. Creció y vivió en Nueva Inglaterra. Las cuatro hermanas fueron educadas en su propio hogar por su padre, mientras recibían visitas de ilustres vecinos como Nathaniel Hawthorne, Henry David Thoreau, Theodore Parker, Margaret Fuller o Ralph Waldo Emerson.
A temprana edad, para ayudar económicamente a su familia, comenzó a trabajar esporádicamente como maestra, costurera, institutriz y escritora; su primer libro fue Flower Fables (1855), formado por cuentos originalmente escritos para Ellen Emerson, hija de Ralph Waldo Emerson.
Durante su adolescencia y principios de la edad adulta, Alcott compartió la pobreza y los ideales trascendentalistas de su familia. Posteriormente esta fase de su vida fue descrita en el relato Fruitlands. Una experiencia transcendental (Transcendental Wild Oats and excerpts from the Fruitlands Diary), reimpreso en el volumen Silver Pitchers
(1876), que narra las experiencias de su familia durante un experimento
utópico de «pleno vivir y elevado pensar» en «Fruitlands», en la ciudad
de Harvard, Massachusetts, en 1843.
Nunca contrajo matrimonio y se mostró, al igual que sus
progenitores, activa en el plano social y político durante toda su vida,
alineándose en contra de la esclavitud y apoyando con ahínco el voto de la mujer. Fallecida su madre, se hizo cargo de su hogar.
En la Guerra de Secesión fue enfermera en el Hospital de la Unión, en Georgetown, Washington D. C., durante seis semanas entre 1862 y 1863.
Murió en Boston el 6 de marzo de 1888 a causa de las secuelas del envenenamiento por mercurio contraído durante su servicio en la guerra, el mismo día en que su padre era sepultado. Tenía 55 años.
Obra
Louisa May
Alcott escribió relatos y poemas desde joven. En 1851 publicó su primer
texto con el seudónimo de "Flora Fairfield", un poema que vio la luz en
la publicación Peterson’s Magazine.
Su primer libro publicado sería “Fábulas de flores” (1854). En 1860 comenzó a escribir para la revista The Atlantic Monthly. Sus cartas a casa, revisadas y publicadas en el Commonwealth y recopiladas como Hospital Sketches (Escenas de la vida de un hospital,
1863; reeditadas con adiciones en 1869), demostraron un agudo poder de
observación y crónica, además de una sana dosis de humor retrospectivo,
ganándose su primer reconocimiento crítico. Su novela Moods (Estados de ánimo) (1864) también fue considerada prometedora.
Una parte menos conocida de su obra son las novelas y cuentos que escribió bajo el seudónimo A. M. Barnard. Trabajos tales como A Long Fatal Love Chase (Cacería de amor larga y fatal) y Pauline's Passion and Punishment (El crimen y castigo de Pauline) son el tipo de novelas románticas conocidas en la época victoriana como «relatos melodramáticos» o «sensation novels», de estilo gótico. Sus protagonistas
son personajes obstinados e implacables en la búsqueda de sus
objetivos, que a menudo involucran venganza contra aquellos que los han
humillado o frustrado. Estos trabajos, que escribía principalmente como
medio de subsistencia, le reportaron éxito comercial y aún son de frecuente lectura.
También produjo historias para niños, y con las excepciones del cuento autobiográfico Work, A Story of Experience (Trabajo. Un relato de vivencias) (1873) y la novela corta anónima A Modern Mephistopheles (Un Mefistófeles moderno) (1877), que se sospechó podía haber sido escrita por Julian Hawthorne, no volvió a escribir para adultos.
Mujercitas
Orchard House en Concord (Massachusetts), donde Alcott escribió Mujercitas en 1868.
Alcott obtuvo un sorpresivo y abrumador éxito con la aparición de la primera parte de Mujercitas (Little Women: or Meg, Jo, Beth and Amy) (1868), relato en parte autobiográfico inspirado en su niñez junto a sus hermanas en Concord, Massachusetts. Esta obra fue escrita por encargo de su editor, que quería un libro orientado a mujeres jóvenes.
La segunda parte, Aquellas mujercitas (Good Wives),
publicado en 1869, llevaría a sus protagonistas a la vida adulta.
Después de esta primera publicación, aparece conjuntamente con Mujercitas en las ediciones de su tiempo Más adelante, apareció Hombrecitos (Little Men)
(1871), que trata de manera similar el carácter y la forma de ser de
sus sobrinos que vivían en Orchard House en Concord, Massachusetts. Los muchachos de Jo (Jo's Boys) (1886) completó la «saga de la familia March».
La mayoría de sus volúmenes posteriores, Una chica anticuada (An Old-Fashioned Girl) (1870), Cuentos de la tía Jo (Aunt Jo's Scrap Bag) (en seis volúmenes, 1871-1879), Rosa en flor (Rose in Bloom) (1876) y otros, siguieron la línea de Mujercitas, de la cual el numeroso y leal público de la autora nunca se cansó.
Mujercitas ha sido llevada al cine en varias películas, entre las cuales destaca una de ellas, la adaptación dirigida por Mervin LeRoy en 1949 y protagonizada por June Allyson, Margaret O'Brien, Janet Leigh y Elizabeth Taylor.
Libros
Los cuatro libros de "Little Women"
«Mujercitas» o Meg, Jo, Beth y Amy (1868).
La segunda parte, «Aquellas mujercitas» (Good Wives), se publicó en 1869. Más tarde se publicó conjuntamente con Mujercitas.
Tercer libro «Hombrecitos» (Little Men; Life at Plumfield with Jo's Boys) (1871).
Cuarto libro «Aquellos hombrecitos», también conocida como «Los muchachos de Jo» (Jo's Boys, and How They Turned Out. A Sequel to "Little Men") (1886).
Otras novelas
La herencia (1849, inédita hasta 1997)
Mal humor. Una novela (Moods. A novel) (1865, revisada en 1882)
La llave misteriosa y lo que abrió (1867)
An Old-Fashioned Girl (1870), traducida como «Corazón de oro» (1953), «Una chica a la antigua» (1957) y «Una muchacha anticuada» (1962)
Trabajo. Un relato de vivencias(1873)
Ocho primos (Eight Cousins, or The Aunt-Hill) (1875)
La juventud de los ocho primos, también traducida como Rosa en flor (Rose in Bloom. A sequel to "Eight Cousins") (1876)
Bajo las lilas(1878)
Jack y Jill (Jack and Jill: A Village Story) (1880)
Historias proverbiales (1882)
Como A. M. Barnard
La pasión y el castigo de Pauline (1863)
Tras la máscara, o el poder de una mujer (1866)
El fantasma del abad, o la tentación de Maurice Treherne (1867)
Una larga persecución fatal del amor (1866 - publicado por primera vez en 1995)
Publicado anónimamente
Un Mefistófeles moderno (1877)
Colecciones de cuentos cortos para niños
Fábulas de flores (Flower Fables) (1854)
De guardia y otros cuentos (On Picket Duty, and Other Tales) (1864). Contiene cuatro cuentos: De guardia; El rey de tréboles y la reina de corazones; La cruz de la torre de la vieja iglesia; y La muerte de John.
Campanillas y otros cuentos (Morning-Glories and Other Stories) (1868). Cuentos de fantasía y cuatro poemas para niños, incluyendo: Una canción de Navidad; Campanillas; La familia de Rosa: un cuento de hadas (1864); Niños de la sombra; Las travesuras de Poppy; Lo que hicieron las golondrinas; El pequeño Gulliver; Historia de una ballena; Goldfin y Silvertail; ¡Qué isla tan extraña!, (1868); ¡Pío! ¡Pío! ¡Pío!; La amiguita de Fancy; El nautilus; y La luciérnaga de las hadas.
Cuentos de la tía Jo(1872-1882). 66 cuentos cortos en seis volúmenes.
La cuentos de la tía Jo
Shawl-Straps
Cupido y Chow-Chow
Mis niñas, etc.
El crucero de Jimmy en el Pinafore, etc.
La fiesta tradicional del Día de Acción de Gracias, etc.
Historias proverbiales (1882). Incluye: La jornada escolar de Kitty; La tía Kipp; El arte de Psique; Una Navidad nacional; De guardia (1864); Los guantes del barón; Mi gorra roja (1881); Lo que vieron y dijeron las campanas.
Los cuentos de la rueca (1884). Una colección de 12 cuentos
La biblioteca de Lulú (1886-1889). Una colección de 32 cuentos cortos en tres volúmenes.
Un sueño navideño; El país de las golosinas (1885); incluye Los zapatos saltarines...
El rey escarcha; La Bella Durmiente de las hadas; Eva en el país de las hadas...
Cuentos de mi niñez; La fiesta de los cubiertos; Música y macarrones; El secreto de Sofía...
Una guirnalda de flores (A Garland for Girls, 1888). Una colección de ocho historias cortas que contiene: Flores de mayo (May Flowers, 1887); Un centro de hiedra y cenas de mujeres (An Ivy Spray and Ladies' Suppers); Pensamientos; Lirios acuáticos (Water-Lilies, 1887); Amapolas y trigo; El capullito de rosa; El laurel silvestre y el helecho (Mountain-Laurel and Maidenhair, 1887).
Otros cuentos y novelas
Esbozos hospitalarios (1863)
Un cuento de enfermera (1865)
Perilous Play (1869) (historia corta)
Perdido en una pirámide, o la maldición de la momia
Fruitlands. Una experiencia transcendental (1873) (historia corta sobre la familia de Alcott y el movimiento trascendental)
Silver Pitchers, e Independence: A Centennial Love Story (1876)
Tragedias cómicas (1893) (póstuma)
Otras publicaciones en español
Sirenitas. Selección de cuentos publicados en diversas fechas; unos, en revistas;
otros, en colecciones de cuentos mencionadas más arriba.
Mujercitas en Nonquitt.Cinco relatos cortos ambientados en la localidad de Nonquitt, donde Alcott pasó sus últimos veranos: Lirios acuáticos (Water-Lilies en A Garland for Girls, 1887); El secreto de Sophie (Sophie's Secret, 1883); El debut de Debby (Debby's Debut, 1861); ¡Qué isla tan extraña! (A Strange Island en Morning Glories, 1868) y Diente de león (Dandelion, 1869)
William Shakespeare (pronunciado [ˈwɪljəm ˈʃeɪkspɪə(ɹ)] ; Stratford-upon-Avon, Warwickshire, Reino de Inglaterra, c. 23 de abril de 1564jul. - ib., 23 de abriljul./ 3 de mayo de 1616greg.)1 fue un dramaturgo, poeta y actor inglés.
Conocido en ocasiones como el Bardo de Avon (o simplemente el Bardo),
Shakespeare es considerado el escritor más importante en lengua inglesa y uno de los más célebres de la literatura universal.
Según la Encyclopædia Britannica, «Shakespeare es generalmente reconocido como el más grande de los escritores de todos los tiempos, figura única en la historia de la literatura. La fama de otros poetas, tales como Homero y Dante Alighieri, o de novelistas tales como León Tolstoy o Charles Dickens,
ha trascendido las barreras nacionales, pero ninguno de ellos ha
llegado a alcanzar la reputación de Shakespeare, cuyas obras hoy se leen
y representan con mayor frecuencia y en más países que nunca. La
profecía de uno de sus grandes contemporáneos, Ben Jonson, se ha cumplido por tanto: "Shakespeare no pertenece a una sola época sino a la eternidad"».
El crítico estadounidense Harold Bloom
sitúa a Shakespeare junto a Dante Alighieri, en la cúspide de su «canon
occidental»: «Ningún otro escritor ha tenido nunca tantos recursos
lingüísticos como Shakespeare, tan profusos en Trabajos de amor perdidos
que tenemos la impresión de que, de una vez por todas, se han alcanzado
muchos de los límites del lenguaje. Sin embargo, la mayor originalidad
de Shakespeare reside en la representación de personajes: Bottom es un melancólico triunfo; Shylock, un problema permanentemente equívoco para todos nosotros; pero sir John Falstaff
es tan original y tan arrollador que, con él, Shakespeare da un giro de
ciento ochenta grados a lo que es crear a un hombre por medio de
palabras».
Jorge Luis Borges escribió sobre él: «Shakespeare es el menos inglés de los poetas de Inglaterra. Comparado con Robert Frost (de New England), con William Wordsworth, con Samuel Johnson, con Chaucer y con los desconocidos que escribieron, o cantaron, las elegías, es casi un extranjero. Inglaterra es la patria del understatement, de la reticencia bien educada; la hipérbole, el exceso y el esplendor son típicos de Shakespeare».
Shakespeare fue poeta y dramaturgo venerado ya en su tiempo, pero
su reputación no alcanzó las altísimas cotas actuales hasta el siglo XIX. Los románticos, particularmente, aclamaron su genio, y los victorianos adoraban a Shakespeare con una devoción que George Bernard Shaw denominó «bardolatría».
En el siglo XX,
sus obras fueron adaptadas y redescubiertas en multitud de ocasiones
por todo tipo de movimientos artísticos, intelectuales y de arte
dramático. Las comedias y tragedias shakespearianas han sido traducidas a
las principales lenguas, y constantemente son objeto de estudios y se
representan en diversos contextos culturales y políticos de todo el
mundo. Por otra parte, muchas de las citas y aforismos que salpican sus
obras han pasado a formar parte del uso cotidiano, tanto en inglés
como en otros idiomas. Y en lo personal, con el paso del tiempo, se ha
especulado mucho sobre su vida, cuestionando su sexualidad, su filiación
religiosa, e incluso la autoría de sus obras.
Biografía
Existen
muy pocos hechos documentados en la vida de Shakespeare, aunque es
probable que naciera el 23 de abril de 1564. Lo que sí se puede afirmar
es que fue bautizado en la Iglesia de la Santísima Trinidad en
Stratford-upon-Avon, Warwickshire, el 26 de abril
de ese mismo año y falleció en ese mismo lugar el 23 de abril de 1616,
según el calendario juliano (3 de mayo en el gregoriano), el supuesto
día en el que cumplió 52 años.
Comienzos
La residencia en Stratford,
conocida como el lugar de nacimiento de Shakespeare (aunque es
incierto). Se dice que el poeta y dramaturgo habría nacido en la
habitación con las ventanas a cuadros.
Escudo de Armas de Shakespeare
William Shakespeare (también deletreado Shakspere, Shaksper y Shake-speare, porque la ortografía en tiempos isabelinos no era ni fija ni absoluta)
nació en Stratford-upon-Avon, en abril de 1564. Fue el tercero de los
ocho hijos que tuvieron John Shakespeare, un próspero comerciante que
llegó a alcanzar una destacada posición en el municipio, y Mary Arden, que descendía de una familia de abolengo.
En el momento de su nacimiento su familia vivía en la calle
Henley de Stratford-upon-Avon. No se conoce el día exacto de su
nacimiento, puesto que en aquella época solo se hacía el acta del
bautismo, el 26 de abril en este caso, por lo que es de suponer que
nacería algunos días antes (2 o 3 días) y no más de una semana, según
era lo corriente. La tradición ha venido fijando como fecha de su
nacimiento el 23 de abril, festividad de San Jorge,
tal vez por analogía con el día de su muerte, el 23 de abril de 1616,
según el calendario juliano, pero esta datación no se sustenta en ningún
documento, aunque es la fecha más probable.
El padre de Shakespeare, que se encontraba en la cumbre de su
prosperidad cuando nació William, cayó poco después en desgracia.
Acusado de comercio ilegal de lana, perdió su posición destacada en el
gobierno del municipio. Se ha apuntado también que tal vez tuvo que ver
en su procesamiento una posible afinidad con la fe católica, por ambas partes de la familia.
William Shakespeare probablemente cursó sus primeros estudios en
la escuela primaria local, la Stratford Grammar School, en el centro de
su ciudad natal, lo que debió haberle aportado una educación intensiva
en gramática y literatura latinas.
A pesar de que la calidad de las escuelas gramaticales en el período
isabelino era bastante irregular, existen indicios en el sentido de que
la de Stratford era bastante buena. La asistencia de Shakespeare a esta
escuela es mera conjetura, basada en el hecho de que legalmente tenía
derecho a educación gratuita por ser el hijo de un alto cargo del
gobierno local. No obstante, no existe ningún documento que lo acredite,
ya que los archivos parroquiales se han perdido. En esa época estaba
dirigida por John Cotton, maestro de amplia formación humanística y católico; una grammar school
(equivalente a un estudio de gramática del XVI español o al actual
bachillerato) impartía enseñanzas desde los 8 hasta los 15 años y la
educación se centraba en el aprendizaje del latín; en los niveles
superiores el uso del inglés estaba prohibido para fomentar la soltura
en la lengua latina; prevalecía el estudio de la obra de Esopo traducida al latín, de Ovidio y de Virgilio, autores estos que Shakespeare conocía.
El 28 de noviembre de 1582, cuando tenía dieciocho años de edad, Shakespeare contrajo matrimonio con Anne Hathaway,
de 26, originaria de Temple Grafton, localidad próxima a Stratford. Dos
vecinos de Anne, Fulk Sandalls y John Richardson, atestiguaron que no
existían impedimentos para la ceremonia. Parece que había prisa en
concertar la boda, tal vez porque Anne estaba embarazada de tres meses.
Tras su matrimonio, apenas hay huellas de William Shakespeare en los
registros históricos, hasta que hace su aparición en la escena teatral
londinense. El 26 de mayo de 1583, la hija primogénita de la pareja,
Susanna, fue bautizada en Stratford. Un hijo, Hamnet,
y otra hija, Judith, nacidos mellizos, fueron asimismo bautizados poco
después. A juzgar por el testamento del dramaturgo, que se muestra algo
desdeñoso con Anne Hathaway, el matrimonio no estaba bien avenido.
Los últimos años de la década de 1580 son conocidos como los
'años perdidos' del dramaturgo, ya que no hay evidencias que permitan
conocer dónde estuvo, o por qué razón decidió trasladarse de Stratford a
Londres. Según una leyenda que actualmente resulta poco creíble, fue
sorprendido cazando ciervos en el parque de sir Thomas Lucy, el juez local, y se vio obligado a huir. Según otra hipótesis, pudo haberse unido a la compañía teatral Lord Chamberlain's Men a su paso por Stratford. Un biógrafo del siglo XVII, John Aubrey,
recoge el testimonio del hijo de uno de los compañeros del escritor,
según el cual Shakespeare habría pasado algún tiempo como maestro rural.
Londres y su paso por el teatro
Hacia
1592 Shakespeare se encontraba ya en Londres trabajando como
dramaturgo, y era lo suficientemente conocido como para merecer una
desdeñosa descripción de Robert Greene,
quien lo retrata como «un grajo arribista, embellecido con nuestras
plumas, que con su corazón de tigre envuelto en piel de comediante se
cree capaz de impresionar con un verso blanco como el mejor de vosotros», y dice también que «se tiene por el único sacude-escenas del país» (en el original, Greene usa la palabra shake-scene, aludiendo tanto a la reputación del autor como a su apellido, en un juego de paronomasia).
En 1596, con solo once años de edad, murió Hamnet, único hijo
varón del escritor, quien fue enterrado en Stratford el 11 de agosto de
ese mismo año. Algunos críticos han sostenido que la muerte de su hijo
pudo haber inspirado a Shakespeare la composición de Hamlet (hacia 1601), reescritura de una obra más antigua que, por desgracia, no ha sobrevivido.
Hacia 1598 Shakespeare había trasladado su residencia a la parroquia de St. Helen, en Bishopsgate. Su nombre encabeza la lista de actores en la obra Cada cual según su humor (Every Man in His Humour), de Ben Jonson.
Pronto se convertiría en actor, escritor, y, finalmente, copropietario de la compañía teatral conocida como Lord Chamberlain's Men, que recibía su nombre, al igual que otras de la época, de su aristocrático mecenas, el lord chambelán (Lord Chamberlain). La compañía alcanzaría tal popularidad que, tras la muerte de Isabel I y la subida al trono de Jacobo I, el nuevo monarca la tomaría bajo su protección, pasando a denominarse los King's Men (Hombres del rey).
En 1604, Shakespeare hizo de casamentero para la hija de su
casero. Documentación legal de 1612, cuando el caso fue llevado a
juicio, muestra que en 1604, Shakespeare había sido arrendatario de
Christopher Mountjoy, un artesano hugonote
del noroeste de Londres. El aprendiz de Mountjoy, Stephen Belott, tenía
intenciones de casarse con la hija de su maestro, por lo que el
dramaturgo fue elegido como intermediario para ayudar a negociar los
detalles de la dote. Gracias a los servicios de Shakespeare, se llevó a
efecto el matrimonio, pero ocho años más tarde Belott demandó a su
suegro por no hacer entrega de la totalidad de la suma acordada en
concepto de dote. El escritor fue convocado a testificar, mas no
recordaba el monto que había propuesto.
Existen varios documentos referentes a asuntos legales y
transacciones comerciales que demuestran que en su etapa londinense
Shakespeare se enriqueció lo suficiente como para comprar una propiedad
en Blackfriars y convertirse en el propietario de la segunda casa más grande de Stratford.
Últimos años
New Place, Stratford-upon-Avon, construida en el sitio de la casa de Shakespeare.
Shakespeare se retiró a su pueblo natal en 1611, pero se vio metido
en diversos pleitos, como por ejemplo un litigio respecto al cercado de
tierras comunales que, si por un lado fomentaba la existencia de pasto
para la cría de ovejas, por otro condenaba a los pobres arrebatándoles
su única fuente de subsistencia. Como el escritor tenía cierto interés
económico en tales propiedades, para disgusto de algunos tomó una
posición neutral que solo aseguraba su propio beneficio. En marzo de
1613 hizo su última adquisición, no en su pueblo, sino en Londres,
comprando por 140 libras una casa con corral cerca del teatro de Blackfriars,
de cuya suma solo pagó en el acto sesenta libras, pues al día siguiente
hipotecó la casa por el resto al vendedor. Por cierto, Shakespeare no
inscribió la compra a su solo nombre, sino que asoció los de William
Johnson, John Jackson y John Hemynge, este último uno de los actores que
promovieron la edición del First folio. El efecto legal de este procedimiento, según escribe el gran biógrafo de Shakespeare Sidney Lee,
«era privar a su mujer, en caso de que sobreviviera, del derecho de
percibir sobre esta propiedad el dote de viuda»; pero pocos meses
después aconteció un desastre: se incendió el Teatro del Globo, y con él
todos los manuscritos del dramaturgo, junto con su comedia Cardenio, inspirada en un episodio de Don Quijote de La Mancha;
se sabe de esta obra porque el 9 de septiembre de 1653 el editor
Humphrey Maseley obtuvo licencia para la publicación de una obra que
describe como Historia de Cardenio, por Fletcher y Shakespeare; el citado Sidney Lee
dice que ningún drama de este título ha llegado hasta nuestros días y
que probablemente haya que identificarlo con la perdida comedia llamada Cardenno o Cardenna,
que fue representada dos veces ante la Corte por la compañía de
Shakespeare, la primera en febrero de 1613, con ocasión de las fiestas
por el matrimonio de la princesa Isabel, y la segunda en 8 de junio,
ante el embajador del Duque de Saboya, esto es, pocos días antes de
incendiarse el teatro de El Globo.
En las últimas semanas de la vida de Shakespeare, el hombre que
iba a casarse con su hija Judith —un tabernero de nombre Thomas Quiney—
fue acusado de promiscuidad ante el tribunal eclesiástico local. Una
mujer llamada Margaret Wheeler había dado a luz a un niño, y afirmó que
Quiney era el padre. Tanto la mujer como su hijo murieron al poco
tiempo. Esto afectó, no obstante, a la reputación del futuro yerno del
escritor, y Shakespeare revisó su testamento para salvaguardar la
herencia de su hija de los problemas legales que Quiney pudiese tener.
Shakespeare falleció el 23 de abril de 1616, según el calendario
juliano (3 de mayo en el gregoriano). Estuvo casado con Anne hasta su
muerte, y le sobrevivieron dos hijas, Susannah y Judith. La primera se
casó con el doctor John Hall. Sin embargo, ni los hijos de Susannah ni
los de Judith tuvieron descendencia, por lo que no existe en la
actualidad ningún descendiente vivo del escritor. Se rumoreó, sin
embargo, que Shakespeare era el verdadero padre de su ahijado, el poeta y
dramaturgo William Davenant.
Tumba de Shakespeare en la Holy Trinity Church de Stratford-upon-Avon.
Siempre se ha tendido a asociar la muerte de Shakespeare con la
bebida —murió, según los comentarios más difundidos, como resultado de
una fuerte fiebre, producto de su estado de embriaguez—. Al parecer, el
dramaturgo se habría reunido con Ben Jonson y Michael Drayton
para festejar con sus colegas algunas nuevas ideas literarias.
Investigaciones recientes llevadas a cabo por científicos alemanesafirman que es muy probable que el escritor inglés padeciera de cáncer.
Los restos de Shakespeare fueron sepultados en el presbiterio de la iglesia de la Santísima Trinidad (Holy Trinity Church)
de Stratford. El honor de ser enterrado en el presbiterio, cerca del
altar mayor de la iglesia, no se debió a su prestigio como dramaturgo,
sino a la compra de un diezmo de la iglesia por 440 libras (una suma considerable en la época). El monumento funerario de Shakespeare,
erigido por su familia sobre la pared cercana a su tumba, lo muestra en
actitud de escribir, y cada año, en la conmemoración de su nacimiento,
se le coloca en la mano una nueva pluma de ave.
Monumento funerario de Shakespeare, en la Holy Trinity Church de Stratford.
Era costumbre en esa época, cuando había necesidad de espacio para
nuevas sepulturas, vaciar las antiguas, y trasladar sus contenidos a un
osario cercano. Tal vez temiendo que sus restos pudieran ser exhumados,
según la Enciclopedia Británica, el propio Shakespeare habría compuesto el siguiente epitafio para su lápida:
Buen amigo, por Jesús, abstente
de cavar el polvo aquí encerrado.
Bendito sea el hombre que respete estas piedras,
y maldito el que remueva mis huesos.
Una leyenda afirma que las obras inéditas de Shakespeare yacen con él
en su tumba. Nadie se ha atrevido a comprobar la veracidad de la
leyenda, tal vez por miedo a la maldición del citado epitafio.
Se desconoce cuál entre todos los retratos que existen de
Shakespeare es el más fiel a la imagen del escritor, ya que muchos de
ellos son falsos y pintados a posteriori a partir del grabado del First folio. El llamado Retrato Chandos,
que data de entre 1600 y 1610, en la National Portrait Gallery (en
Londres), se considera el más acertado. En él aparece el autor a los
cuarenta años, aproximadamente, con barba y un aro dorado en la oreja
izquierda.
El debate sobre Shakespeare
Resulta curioso que todo el conocimiento que ha llegado a la posteridad sobre uno de los autores del canon occidental
no sea más que un constructo formado con las más diversas
especulaciones. Se ha discutido incluso si Shakespeare es el verdadero
autor de sus obras, atribuidas por algunos a Francis Bacon, a Christopher Marlowe
(quien, como espía, habría fingido su propia muerte) o a varios
ingenios; la realidad es que todas esas imaginaciones derivan del simple
hecho de que los datos de que se dispone sobre el autor son muy pocos y
contrastan con la desmesura de su obra genial, que fecunda y da pábulo a
las más retorcidas interpretaciones.
El problema de la autoría
Casi
ciento cincuenta años después de la muerte de Shakespeare en 1616,
comenzaron a surgir dudas sobre la verdadera autoría de las obras a él
atribuidas. Los críticos se dividieron en «stratfordianos» (partidarios
de la tesis de que el William Shakespeare nacido y fallecido en
Stratford fue el verdadero autor de las obras que se le atribuyen) y
«anti-stratfordianos» (defensores de la atribución de estas obras a otro
autor). La segunda posición es, en la actualidad, muy minoritaria.
Los documentos históricos demuestran que entre 1590 y 1620 se
publicaron varias obras teatrales y poemas atribuidos al autor William
Shakespeare, y que la compañía que representaba estas piezas teatrales,
Lord Chamberlain's Men (luego King's Men), tenía entre sus componentes a
un actor con este nombre. Se puede identificar a este actor con el
William Shakespeare del que hay constancia que vivió y murió en
Stratford, ya que este último hace en su testamento ciertos dones a
miembros de la compañía teatral londinense.
Los llamados «stratfordianos» opinan que este actor es también el
autor de las obras atribuidas a Shakespeare, apoyándose en el hecho de
que tienen el mismo nombre, y en los poemas encomiásticos incluidos en
la edición de 1623 del First Folio, en los que hay referencias al «Cisne
de Avon» y a su «monumento de Stratford». Esto último hace referencia a
su monumento funerario en la iglesia de la Santísima Trinidad, en
Stratford, en el que, por cierto, aparece retratado como escritor, y del
que existen descripciones hechas por visitantes de la localidad desde,
al menos, la década de 1630. Según este punto de vista, las obras de
Shakespeare fueron escritas por el mismo William Shakespeare de
Stratford, quien dejó su ciudad natal y triunfó como actor y dramaturgo
en Londres.
Los llamados «anti-stratfordianos» discrepan de lo anteriormente
expresado. Según ellos, el Shakespeare de Stratford no sería más que un
hombre de paja que encubriría la verdadera autoría de otro dramaturgo
que habría preferido mantener en secreto su identidad. Esta teoría tiene
diferentes bases: supuestas ambigüedades y lagunas en la documentación
histórica acerca de Shakespeare; el convencimiento de que las obras
requerirían un nivel cultural más elevado del que se cree que tenía
Shakespeare; supuestos mensajes en clave ocultos en las obras; y
paralelos entre personajes de las obras de Shakespeare y la vida de
algunos dramaturgos.
Durante el siglo XIX, el candidato alternativo más popular fue sir Francis Bacon.
Muchos «anti-stratfordianos» del momento, sin embargo, se mostraron
escépticos hacia esta hipótesis, aun cuando fueron incapaces de proponer
otra alternativa. El poeta estadounidense Walt Whitman dio fe de este escepticismo cuando le dijo a Horace Traubel, «Estoy con vosotros, compañeros, cuando decís “no” a Shaksper (sic): es a lo que puedo llegar. Respecto a Bacon, bueno, veremos, veremos». Desde los años 1980, el candidato más popular ha sido Edward de Vere, decimoséptimo conde de Oxford, propuesto por John Thomas Looney en 1920, y por Charlton Ogburn en 1984. El poeta y dramaturgo Christopher Marlowe
se ha barajado también como alternativa, aunque su temprana muerte lo
relega a un segundo plano. Otros muchos candidatos han sido propuestos,
si bien no han conseguido demasiados seguidores.
La posición más extendida en medios académicos es que el William
Shakespeare de Stratford fue el autor de las obras que llevan su nombre.
Sin embargo, recientemente el rumor sobre la autoría de Shakespeare se ha acrecentado tras las declaraciones de los actores Derek Jacobi y Mark Rylance. Ambos han divulgado la denominada Declaración de Duda Razonable sobre la identidad del famoso dramaturgo. La declaración cuestiona que William Shakespeare, un plebeyo del siglo XVI criado en un hogar analfabeto de Stratford-upon-Avon,
escribiera las geniales obras que llevan su nombre. El comunicado
argumenta que un hombre que apenas sabía leer y escribir no pudo poseer
los rigurosos conocimientos legales, históricos y matemáticos que
salpican las tragedias, comedias y sonetos atribuidos a Shakespeare.
A lo largo del tiempo han existido teorías que subrayan que
William Shakespeare era tan solo un alias tras los que podían esconderse
otros ilustres nombres como Christopher Marlowe (1564-1593), el filósofo y hombre de letras Francis Bacon (1561-1626) o Edward de Vere
(1550-1604), decimoséptimo conde de Oxford. Jacobi asegura inclinarse
por Edward de Vere, que frecuentó la vida cortesana en el reinado de Isabel I
(1533-1603), y lo califica como su «candidato» preferido, dadas las
supuestas similitudes entre la biografía del conde y numerosos hechos
relatados en los libros de Shakespeare.
¿Cuál es una de las razones principales por la que se cuestionó la autoría de Shakespeare? El World Book Encyclopedia señala «la negativa a creer que un actor de Stratford on Avon
hubiese podido escribir tales obras. Su origen rural no cuadraba con la
imagen que tenían del genial autor». La citada enciclopedia añade que
la mayoría de los supuestos escritores «pertenecían a la nobleza
o a otro estamento privilegiado». Así pues, muchos de los que ponían en
tela de juicio la paternidad literaria de Shakespeare creen que «solo
pudo haber escrito las obras un autor instruido, refinado y de clase
alta». Con todo, muchos especialistas creen que Shakespeare sí las
escribió.
Felicidad matrimonial
Se ha opinado mucho sobre la vida personal del autor y sobre su presunta homosexualidad, especulación que encuentra su base principal en una originalísima colección de sonetos
que fue publicada, al parecer, sin su consentimiento. También se ha
sospechado la existencia de alguna o algún amante que hiciera
desgraciado su matrimonio, ya que la que fue su mujer y madre de sus
tres hijos era bastante mayor que él y se encontraba embarazada antes de
la boda. Esta sospecha se asienta en una famosa cita de su testamento:
«Le dejo mi segunda mejor cama», pasaje que ha suscitado las más
dispares interpretaciones y no pocas especulaciones. La más general
tiene que ver con que la relación de la pareja no era del todo
satisfactoria. Pero otra apunta en sentido contrario, ya que el
dramaturgo le habría dedicado un soneto a su señora esposa titulado The World's Wife («La esposa del mundo»).
Se ha seguido muy de cerca, además, la crueldad de Shakespeare con respecto a la figura femenina en sus sonetos
y, en consecuencia, de la ingenuidad del hombre que cae atrapado en sus
redes. Los temas de la promiscuidad, lo carnal y la falsedad de la
mujer —descrita y criticada humorísticamente por el dramaturgo— son
pruebas suficientes para los que parten de la base de que tendría cierta
predilección por los hombres y un repudio hacia la coquetería de las
damas, en todo caso, siempre mencionadas en alusión a su superficialidad
e intereses materialistas.
Véase parte del siguiente fragmento de su soneto 144:
Dos amores tengo yo de disfrute y desesperación
los cuales como dos espíritus aún me sugieren que
el mejor ángel es un hombre blanco y derecho, y
el peor espectro, una mujer de color enfermizo.
Para ganarme pronto al infierno, mi mal femenino
se llevó al mejor ángel de mi lado,
y corrumpiría a mi santo para ser un demonio,
arruinando su pureza con su fétido orgullo (...)
Se puede apreciar claramente la dura crítica shakesperiana hacia el
papel de una mujer que, a primera vista, parece interponerse entre el
romance del dramaturgo y su mecenas. Quienes desmienten este supuesto,
lo hacen objetando que la voz poética del soneto no tiene por qué
coincidir con la personalidad del autor.
Lo cierto es que Shakespeare parodia su perspectiva, como vemos en la cita:
Los ojos de mi señora no son nada como el sol,
el coral es por lejos más rojo que sus rojos labios;
si la nieve es blanca, ¿por qué entonces sus pechos son oscuros?
Si el cabello fuera alambre, negros alambres crecerían de su cabeza (...)
Toda esta problemática se enturbia si nos detenemos por un instante a
analizar algunos de sus más afamados pasajes teatrales. En una de sus
comedias, titulada Como gustéis,
Shakespeare pone de manifiesto la corrupción del mundo masculino y la
capacidad de una mujer –Rosalinda – para restaurar el orden inicial y
llegar a la paz. Sin embargo, a pesar de que la heroína de la trama es
una figura femenina, ésta se arma de valor y es capaz de grandes hazañas
recién cuando asume el papel de un hombre, Ganimedes —personaje de la
mitología, amante masculino de Júpiter—.
Adentrándonos en la tragedia, el caso del Rey Lear
es también muy representativo. Aquí el autor destaca la ceguedad de los
hombres, sobre todo de Lear, que destierra a su hija Cordelia por ser
la única de las tres hermanas en expresar su honestidad.
Estudios feministas apuntarían a que Shakespeare atacaba a su sociedad
contemporánea, y que utilizaría nombres y lugares ficticios para huir de
persecuciones de la corte.
Defiende a la mujer y le hace ver a los hombres que el silenciarla terminaría en catástrofe, como así sucede en el desenlace de Lear.
Otras opiniones sobre la obra expresan que la mujer no podía acceder al
trono, según el dramaturgo, porque esto implicaría caos y controversias.
Cuando el rey Lear adjudica el poder a sus dos hijas mayores, Goneril y
Regan, éstas cambian su conducta bruscamente para con su padre y lo
someten a una agobiante tortura que irá consumiendo su vida poco a poco.
El gobierno se deteriora y el séquito real se desmorona hasta que un
hombre reasume el mando.
Religión
En 1559, cinco años antes del nacimiento de Shakespeare, durante el reinado de Isabel I, la Iglesia de Inglaterra se separó definitivamente, tras un período de incertidumbre, de la Iglesia católica.
Por esa razón, los católicos ingleses fueron presionados para
convertirse al anglicanismo, y se establecieron leyes para perseguir a
los que rehusaban convertirse. Algunos historiadores sostienen que
durante la época de Shakespeare existió una oposición importante y muy
extendida a la imposición de la nueva fe.Algunos críticos, apoyándose en evidencias tanto históricas como
literarias, han argumentado que Shakespeare era uno de estos opositores,
si bien no han conseguido demostrarlo fehacientemente. Lo cierto es que
Shakespeare se encontró más cómodo bajo el reinado del filocatólico Jacobo I que bajo el de Isabel I, anticatólica.
Hay indicios de que algunos miembros de la familia del dramaturgo
fueron católicos. El más importante es un folleto firmado por John
Shakespeare, padre del poeta, en el que, supuestamente, este hacía
profesión de fe de su secreto catolicismo. El texto, hallado en el
interior de una de las vigas de la casa natal de Shakespeare en el
siglo XVIII,
fue analizado por un destacado estudioso, Edmond Malone. Sin embargo,
se ha perdido, por lo que no puede demostrarse su autenticidad. John
Shakespeare figuraba también entre los que no asistían a los servicios
eclesiásticos, pero supuestamente esto fue "por temor a ser procesado
por deudas", según los comisionados, y no por no aceptar la religión
anglicana.
La madre de Shakespeare, Mary Arden, pertenecía a una conocida familia católica de Warwickshire.En 1606, su hija Susannah fue una de las pocas mujeres residentes en
Stratford que rehusaron tomar la comunión, lo que podría sugerir ciertas
simpatías por el catolicismo. El archidiácono Richard Davies, un clérigo anglicano del siglo XVIII, escribió supuestamente de Shakespeare: «Murió como un papista».
Además, cuatro de cada seis maestros de la escuela de Stratford a la
que se cree que asistió el escritor durante su juventud, eran
simpatizantes católicos, y Simon Hunt, probablemente uno de los profesores de Shakespeare, terminó haciéndose jesuita.
Aunque ninguna de estas teorías prueba de modo fehaciente que
Shakespeare fuese católico, la historiadora Clare Asquith es de la
opinión de que las simpatías de Shakespeare por el catolicismo son
perceptibles en su escritura. Según Asquith, Shakespeare utiliza términos positivos, como «alto» (high), «luminoso» (light) o «justo» (fair), para aludir a personajes católicos; y términos negativos —«bajo» (low), «oscuro» (dark)— para los protestantes.
La cultura de Shakespeare
Aunque
es mucho lo que se desconoce sobre la educación de Shakespeare, lo
cierto es que el artista no accedió a una formación universitaria y su
amigo Ben Jonson,
que sí la tenía, lamentó en alguna ocasión «su escaso latín y aún menos
griego», lo que no fue óbice para que le llamara, además, «dulce cisne
del Avon» y añadiera que «no es de un siglo, sino de todos los tiempos».
En cierta manera, su no tan escasa instrucción (en Stratford había una
buena escuela, y Shakespeare pudo conocer en ella a bastantes clásicos
latinos) fue una ventaja, ya que su cultura no se moldeó sobre el patrón
común de su tiempo; como autodidacta, William Shakespeare, según señaló
un experto conocedor y traductor de su obra completa, Luis Astrana Marín,
tuvo acceso a fuentes literarias sumamente raras gracias a la amistad
que sostuvo con un librero. Los análisis de sus escritos revelan que fue
un lector voraz; algunos de ellos son auténticos centones de textos extraídos de las fuentes más diversas. Pero son fundamentalmente cuatro las fuentes de sus obras.
En primer lugar, los historiadores ingleses, en especial la segunda edición de las The Chronicles of England, Scotlande, and Irelande, publicada en 1587, de Raphael Holinshed, como fuente de algunos de sus dramas históricos, de la trama de Macbeth y de partes de El rey Lear y Cimbelino; las Vidas paralelas de Plutarco en la retraducción desde la versión francesa de Jacques Amyot realizada por su amigo Thomas North (1573), de donde sacó su Tito Andrónico, su Julio César, su Coriolano y su Antonio y Cleopatra, y los Ensayos de Montaigne en la traducción de John Florio (1603), que moldearon algunos pasajes de La tempestad.
En segundo lugar hay que mencionar como fuente de inspiración los novellieri (de Mateo Bandello proviene la historia de Como gustéis y la de Romeo y Julieta, que también inspiró Castelvines y Monteses de Lope de Vega y Los bandos de Verona de Francisco Rojas Zorrilla; de Giambattista Giraldi Cinthio la de Otelo; de Giovanni Boccaccio A buen fin no hay mal tiempo y de Giovanni Fiorentino El mercader de Venecia y Las alegres comadres de Windsor; también Chaucer inspira algunas obras) y misceláneas de todo tipo, algunas de ellas españolas, como las Noches de invierno de Antonio de Eslava o la Silva de varia lección de Pero Mexía.
En tercer lugar, también se inspiró en la producción dramática
inglesa anterior a él, de la que extrajo abundantes argumentos,
personajes y principios de composición. A veces incluso rehízo obras
enteras (por ejemplo, hubo un Hamlet anterior al suyo atribuido a Thomas Kyd,
de 1589, que fue un éxito y no se ha conservado, pero inspiró el
posterior de Shakespeare). Citó o evocó textos de muchas obras, siendo
especialmente sensible al modelo de Christopher Marlowe en sus primeras obras. Este ansia imitativa no pasó desapercibida por su contemporáneo Robert Greene, quien lo tomó por un plagiario y escribió en 1592, aludiendo a una conocida fábula citada por Horacio, lo siguiente:
Es un vulgar y arribista cuervo embellecido con nuestras
plumas, de corazón de tigre bajo piel de actor, y se cree capaz de
alentar el verso blanco como el mejor entre nosotros, no siendo otra
cosa que un donnadie que se cree el único agita-escenas (shake-scene) del país.
Por último, Shakespeare estaba también muy versado en mitología (conocía muy bien las Metamorfosis de Ovidio) y en retórica,
si bien su estilo unas veces rehúye conscientemente las rígidas y
mecánicas simetrías de esta última y otras se muestra demasiado jugador
del vocablo, como correspondía entonces a la moda conceptista del Eufuismo, difundido por John Lyly y a su vez procedente del estilo de Antonio de Guevara, si bien Shakespeare se pronunció contra los excesos de ese estilo.
Shakespeare reconoció ser un gran asimilador (el poder de síntesis caracteriza a grandes poetas, como también por ejemplo a Dante Alighieri) y lo declaró en su Soneto LXXVI;
pero también afirmó en este soneto ser capaz de superar a sus modelos
convirtiendo en nuevo algo radicalmente viejo, insuflándole nueva vida.
En vez de inventar o apelar a la originalidad, tomaba historias
preexistentes, como la de Hamlet, y les otorgaba cuanto les
faltaba para la eminencia. Sin embargo, y pese a todo, se mostró además
completamente original instalándose algunas veces deliberadamente al
margen de toda tradición, como en sus Sonetos, que invierten todos los cánones del petrarquismo elaborando un cancionero
destinado a un hombre y donde se exige, ni más ni menos, el abandono
del narcisismo del momento para engendrar la trascendencia de la
eternidad por el amor, lo que puede parecer bastante abstracto, pero es
que son así de abstractos y enigmáticos estos poemas, cada uno de los
cuales encierra siempre un movimiento dramático, una invocación a la
acción
Su obra
Antecedentes: el teatro isabelino
Reconstrucción moderna del teatro The Globe (el original fue destruido por un incendio en 1613)
Cuando Shakespeare se inició en la actividad teatral, esta se
encontraba sufriendo los cambios propios de una época de transición. En
sus orígenes, el teatro en Inglaterra era un espectáculo de tipo
popular, asociado a otras diversiones extendidas en la época como el bear baiting
(pelea de un oso encadenado contra perros rabiosos). Sus raíces se
encuentran en la etapa tardomedieval, en una triple tradición dramática:
los "milagros " o "misterios" (mystery plays), de temática religiosa y destinados a solemnizar las festividades de los diferentes gremios; las moralidades u "obras morales" (morality plays), de carácter alegórico
y representadas ya por actores profesionales: y los "interludios"
cortesanos, piezas destinadas al entretenimiento de la nobleza.
Los nobles más destacados patrocinaban grupos de actores que
llevaban sus nombres. Así surgieron, en la época isabelina, compañías
como The Hundson Men (luego Lord Chamberlain's Men), The Admiral's Men, y The Queen's Men,
entre las más relevantes. En ciertas ocasiones, estas compañías
teatrales realizaban sus representaciones en el palacio de sus
protectores aristocráticos. The King's Men, por ejemplo, después del apadrinamiento de la compañía por el rey Jacobo I, actuaban en la corte una vez al mes. Contar con el respaldo de un mecenas era fundamental para asegurar el éxito de la obra en el futuro.
Las obras se representaban al principio en los patios interiores
de las posadas. Todavía en época de Shakespeare algunos de estos lugares
continuaban acogiendo representaciones teatrales. Sin embargo, no
resultaban muy adecuados para las representaciones, ya que a veces la
actividad de la posada llegaba a dificultar las representaciones. Además
contaban con la oposición de las autoridades, preocupados por los
desórdenes y reyertas que allí se originaban, así como por las «malvadas
prácticas de incontinencia» que allí tenían lugar. Estaba también en
contra el factor de la higiene: la peste era muy frecuente y las
reuniones multitudinarias no fomentaban precisamente la salud.
Por esos motivos fue surgiendo paulatinamente una legislación que
regulaba la actividad teatral, y se fue haciendo más difícil conseguir
licencias para realizar representaciones en las posadas. Esto propició
la construcción de teatros fijos, más salubres, en las afueras de la
ciudad, y la consolidación y profesionalización de la carrera de actor.
El primer teatro, denominado simplemente The Theatre, se construyó en 1576. Más adelante se construyeron otros: The Curtain, The Rose, The Swan y The Globe.
Este último, construido en 1599 y ubicado, como el resto, fuera de la
ciudad, para evitar problemas con el Ayuntamiento de Londres, era el más
famoso de todos, y fue el preferido de la compañía de la que formó
parte William Shakespeare.
Todos estos teatros fueron construidos siguiendo el modelo de los
patios de las posadas. Ninguno se conserva en su estado primitivo, pero
existe la posibilidad de conocer con cierta aproximación su forma,
gracias a algunas referencias de la época. Eran recintos de forma hexagonal u octogonal (hay excepciones) con un escenario
medianamente cubierto que se internaba un poco hacia el centro de un
arenal al aire libre circundado por dos o tres pisos de galerías. La
plataforma constaba de dos niveles, uno a poco más de un metro respecto a
la arena, techado y sujeto por columnas, y otro un poco más alto con un
tejado en el que se ocultaba el aparato necesario para manejar la tramoya y maniobrar la puesta en escena. Podía llevar una bandera e incluso simular una torre.
Estos teatros tenían un aforo muy respetable. Se ha calculado,
por ejemplo, que The Globe podía acoger a alrededor de 2000
espectadores.
En un principio, la condición social de los cómicos, en especial
de la de los más humildes, no se distinguía fácilmente de la de un
vagabundo o un mendigo. Con el tiempo, sin embargo, gracias a la
apertura de los nuevos teatros, los actores de época isabelina fueron
alcanzando mayor consideración social.
La rudimentaria escenografía hacía al intérprete cargar con la
responsabilidad mayor de la obra, por lo cual su técnica tendía a la
sobreinterpretación en lenguaje, gesticulación y llamativa vestimenta.
Como las mujeres tenían prohibido subir al escenario, los papeles
femeninos se encomendaban a niños o adolescentes, lo cual se prestaba al
juego cómico de la ambigüedad erótica. La palabra era muy importante, y
el hecho de que el escenario se adelantara algo en el patio acotaba ese
lugar para frecuentes monólogos. La ausencia de fondos pintados hacía
frecuente que el actor invocase la imaginación del público y el escritor
recurriera a la hipotiposis.
El público era abigarrado y heterogéneo, y en consecuencia se mezclaban
desde las alusiones groseras y los chistes procaces y chocarreros a la
más culta y refinada galantería amorosa y la más retorcida pedantería
eufuista.
La audiencia acudía al teatro pagando un precio variable según la
comodidad del puesto ofrecido. La entrada más barata exigía estar a pie
y expuesto a los cambios meteorológicos; las menos asequibles
favorecían a la nobleza y a la gente pudiente, que podía tomar asiento a
cubierto y a salvo del sol.
El oficio de autor dramático no estaba bien remunerado y todos
los derechos sobre las obras pasaban a poder de las empresas que las
representaban; por ello las obras sufrían con frecuencia múltiples
refundiciones y adaptaciones por parte de varias plumas, no siempre
diestras ni respetuosas, por no hablar de los cortes que sufrían a
merced del capricho de los actores. El nombre del autor solo se
mencionaba (y frecuentemente con inexactitud) dos o tres años más tarde,
por lo que los escritores no disfrutaban del fruto de su trabajo, a
menos que poseyeran acciones en la compañía, como era el caso de
Shakespeare y otros dramaturgos que trabajaban conjuntamente y se
repartían las ganancias.
Una de las características más importantes del teatro isabelino, y
del de Shakespeare en particular, es la multitud de niveles en las que
giran sus tramas. Lo trágico, lo cómico, lo poético, lo terreno y lo
sobrenatural, lo real y lo fantástico se entremezclan en mayor o menor
medida en estas obras. Las transiciones entre lo melancólico y lo activo
son rápidas y, frecuentemente, se manifiestan a través de duelos y
peleas en escena que debían de constituir una animada coreografía muy
del gusto de la época.
El bufón (en inglés, fool) es un personaje importante para la obra shakespeariana, ya que le da libertad de expresión
y soltura. Se reconocía en él una insuficiencia mental o carencia
física que le permitía decir cosas u opinar sobre cuestiones polémicas
que habrían sido prohibidas en boca de personajes de mayor fuste. Sin
duda esta estratagema era ideal para el autor inglés, puesto que
cualquier crítica a la realeza podría ser justificada adjudicándosela a
un personaje que no piensa como la generalidad de las otras personas
dadas las insuficiencias que padece.
Procesión de personajes de las obras de Shakespeare, pintura de artista desconocido
El teatro de Shakespeare
El First folio
Portada del First Folio, 1623. Retrato de Shakespeare grabado por Martin Droeshout.
Ante la falta de manuscritos hológrafos y de fechas precisas de
composición, se hace muy difícil el establecer una cronología
bibliográfica shakespeariana. El First Folio, que reagrupa la mayor parte de su producción literaria, fue publicado por dos actores de su compañía, John Heminges y Henry Condell,
en 1623, ocho años después de la muerte del autor. Este libro dividía
su producción dramática en Historias, Comedias y Tragedias, y de él se
hicieron 750 copias, de las que han llegado a nuestros días la tercera
parte, en su mayoría incompletas. Gracias a esta obra se conservó la
mitad de la obra dramática del autor, que no había sido impresa, pues
Shakespeare no se preocupó en pasar a la historia como autor dramático.
El First Folio recoge exclusivamente obras dramáticas (no se encuentra en la edición ninguno de sus poemas líricos), en número de 36: 11 tragedias, 15 comedias y 10 obras históricas. No incluye algunas obras tradicionalmente atribuidas a Shakespeare, como las comedias Pericles y Los dos nobles parientes, ni la obra histórica Eduardo III. Mientras que en el caso de Pericles,
parece bastante segura la participación de Shakespeare, no ocurre lo
mismo con las otras dos obras, por lo que el número de títulos incluidos
en el canon shakesperiano oscila, según las versiones, entre las 37 y
las 39.
Tragedias
Al
igual que muchas tragedias occidentales, la de Shakespeare suele
describir a un protagonista que cae desde el páramo de la gracia y
termina muriendo, junto a una ajustada proporción del resto del cuerpo
protagónico. Se ha sugerido que el giro que el dramaturgo hace del
género, es el polo opuesto al de la comedia; ejemplifica el sentido de
que los seres humanos son inevitablemente desdichados a causa de sus
propios errores o, incluso, el ejercicio irónicamente trágico de sus
virtudes, o a través de la naturaleza del destino, o de la condición del
hombre para sufrir, caer, y morir... En otras palabras, es una
representación con un final necesariamente infeliz.
Shakespeare compuso tragedias desde el mismo inicio de su trayectoria: una de las más tempranas fue la tragedia romana de Tito Andrónico, siguiendo unos años después Romeo y Julieta. Sin embargo, las más aclamadas fueron escritas en un período de siete años entre 1601 y 1608: Hamlet, Otelo, El rey Lear, Macbeth (las cuatro principales), y Antonio y Cleopatra, junto a las menos conocidas Timón de Atenas y Troilo y Crésida.
Muchos han destacado en estas obras al concepto aristotélico
de la tragedia: que el protagonista debe ser un personaje admirable
pero imperfecto, con un público capacitado para comprender y simpatizar
con él. Ciertamente, cada uno de los personajes trágicos de Shakespeare
es capaz de ejercer el bien y el mal. La representación siempre insiste
en el concepto del libre albedrío;
el (anti) héroe puede degradarse o retroceder y redimirse por sus
actos. El autor, en cambio, los termina conduciendo a su inevitable
perdición.
A continuación se listan las tragedias completas de Shakespeare, ordenadas según la fecha aproximada de su composición:
Tito Andrónico (1594)
Romeo y Julieta (1595)
Julio César (1599)
Hamlet (1601)
Troilo y Crésida (1602)
Otelo (1603-1604)
El rey Lear (1605-1606)
Macbeth (1606)
Antonio y Cleopatra (1606)
Coriolano (1608)
Timón de Atenas (1608)
Comedias
Entre las características esenciales de la comedia shakesperiana encontramos la vis
cómica, la dialéctica de un lenguaje lleno de juegos de palabras, el
contraste entre caracteres opuestos por clase social, sexo, género o
poder (un ejemplo representativo sería La fierecilla domada, también traducida a veces como La doma de la bravía);
las alusiones y connotaciones eróticas, los disfraces y la tendencia a
la dispersión caótica y la confusión hasta que el argumento de la
historia desemboca en la recuperación de lo perdido y la correspondiente
restauración en el marco de lo natural. El panorama de la comedia
supone además la exploración de una sociedad donde todos sus integrantes
son estudiados por igual de forma muy distinta a como es vista la
sociedad en sus obras históricas, montadas sobre la persecución maquiavélica
del poder («una escalera de arena», a causa de su vaciedad de
contenido) y el trastorno del orden cósmico divino que el rey representa
en la tierra. Como galería de tipos sociales la comedia es, pues, un
espacio más amplio en Shakespeare que el trágico y el histórico y
refleja mejor la sociedad de su tiempo, si bien también resalta en este
campo el talento del autor para crear personajes especialmente
individualizados, como en el caso de Falstaff.
Si bien el tono de la trama es con frecuencia burlesco, otras
veces se encuentra latente un inquietante elemento trágico, como en El mercader de Venecia.
Cuando trata temas que pueden desencadenar un trágico desenlace,
Shakespeare trata de enseñar, a su modo habitual, sin tomar partido,
proponer remedios ni moralizar o predicar en absoluto, los riesgos del
vicio, la maldad y la irracionalidad del ser humano, sin necesidad de
caer en la destrucción que aparece en sus tragedias y deja a la
Naturaleza el orden restaurador y reparador.
Los finales de las comedias son, por lo general, festivos y placenteros. Debe tenerse en cuenta que el lenguaje vulgar y de doble sentido,
así como la magnitud de diversos puntos de vista, los cambios de suerte
y el trastorno de las identidades, aportan un ingrediente infaltable
que suele estar acompañado de sorprendentes coincidencias. La parodia
del sexo, el papel del disfraz y el poder mágico de la naturaleza para
reparar los daños y heridas ocasionados por una sociedad corrupta y
sedienta de codicia son elementos trascendentes en la comedia
shakespeariana.
El hombre cambia totalmente su forma de pensar y de actuar al
refugiarse en lo salvaje y huir de la civilización, prestándose al juego
de oposiciones. Cabe destacar, por último, que la esfera social que
Shakespeare utiliza en sus obras es quizás algo más reducida que la que
encontramos en la mayor parte de las comedias.
Tal como se ha dicho antes, el bufón —que era un personaje muy popular en la corte de la época— es el elemento inquebrantable sobre el cual el dramaturgo
se siente más libre de expresar lo que piensa, teniendo en cuenta que
las opiniones de una persona con estas características nunca eran
consideradas como válidas —excusa perfecta para explayarse—.
Se estima que la fecha de composición de las comedias de
Shakespeare ha de girar en torno a los años 1590 y 1612, como punto de
partida y culminación de su labor como escritor. La primera y menos
elaborada fue Los dos hidalgos de Verona, seguida de El mercader de Venecia, Mucho ruido y pocas nueces, Como gustéis,Cuento de invierno, La tempestad, y otras tantas que se enumeran a continuación:
Las obras de William Shakespeare, por John Gilbert (1849)
La comedia de las equivocaciones (también traducida como La comedia de los enredos (1591)
Los dos hidalgos de Verona (1591-1592)
Trabajos de amor perdidos (también traducida como Penas de amor perdidas o Afanes de amor en vano) (1592)
El sueño de una noche de verano (1595-1596)
El mercader de Venecia (1596-1597)
Mucho ruido y pocas nueces (también traducida como Mucho ruido para nada) (1598)
Como gustéis (también traducida como A vuestro gusto) (1599-1600)
Las alegres comadres de Windsor (también traducida como Las alegres casadas de Windsor) (1601)
Noche de reyes (1601-1602)
A buen fin no hay mal principio (también traducida como Bien está todo lo que bien acaba) (1602-1603)
Medida por medida (1604)
Pericles (1607)
Cimbelino (1610)
Cuento de invierno (1610-1611)
La tempestad (1612)
La fierecilla domada (fecha desconocida)
Es importante dejar en claro que La tempestad, Cuento de invierno, Cimbelino y Pericles son consideradas por muchos fantasías poéticas (en inglés se emplea el término romance), dado que poseen características que las diferencian del resto de las comedias.
Obras históricas
En el First Folio se clasifican como «obras históricas» (en inglés, histories)
exclusivamente las relacionadas con la historia, relativamente
reciente, de Inglaterra. Otras obras de tema histórico, como las
ambientadas en la antigua Roma, o incluso Macbeth, protagonizada por un auténtico rey de Escocia, no se clasifican en este apartado. Son once en total (o diez, si se excluye Eduardo III,
modernamente considerada apócrifa). La fuente utilizada por el
dramaturgo para la composición de estas obras es bien conocida: se trata
de las Crónicas de Raphael Holinshed.
A continuación se ofrece una lista de estas obras ordenadas según la fecha aproximada de su composición.
Eduardo III (The Reign of King Edward III; compuesta entre 1590 y 1594; publicada (anónimamente) en 1596).
Enrique VI
Primera parte (The First Part of King Henry the Sixth; compuesta hacia 1594. Su primera edición conocida es la del First Folio.)
Segunda parte (The Second Part of King Henry the Sixth; compuesta hacia 1594. Su primera edición conocida es la del First Folio.)
Tercera parte (The Third Part of King Henry the Sixth; compuesta hacia 1594. Su primera edición conocida es la del First Folio.)
Ricardo III (The Tragedy of King Richard the Third; compuesta hacia 1594; publicada en 1597).
Ricardo II (The Tragedy of King Richard the Second; compuesta hacia 1595; publicada en 1597).
Enrique IV
Primera parte (Henry IV, Part 1; compuesta hacia 1596; publicada en 1597 o 1598)
Segunda parte (Henry IV, Part 2; compuesta hacia 1597; publicada en 1600)
Enrique V (Henry V; compuesta hacia 1597-1599; la primera edición conocida es la del First Folio).
El rey Juan (The Life and Death of King John; compuesta probablemente hacia 1597, ya que hay datos de su representación en 1598. Su primera edición conocida es la del First Folio).
Enrique VIII (The Famous History of the Life of King Henry the Eighth; compuesta en 1613; la primera edición conocida es la del First Folio).
Existen serias dudas sobre la autoría de la primera de la lista, Eduardo III. De la última, Enrique VIII, se cree que fue escrita en colaboración con John Fletcher, quien sustituyó a Shakespeare como principal dramaturgo de la compañía King's Men.
Dentro del conjunto de sus obras históricas, se suelen agrupar la
decena que escribió sobre los reyes ingleses, conocido como el «Ciclo
de Historia», que Shakespeare dedicó a siete reyes ingleses. Este ciclo excluye las obras sobre el rey Lear (un rey legendario) y Macbeth (basado en la vida del rey escocés, Macbeth de Escocia)
y una obra sobre Edward III (aunque hay cada vez más indicios de que
fuera escrito por Shakespeare, al menos en parte, no se ha podido
establecer su autoría). Este Ciclo exluye, por no seguir la secuencia
histórica, a El rey Juan y a Enrique VIII.
Ocho de estas obras están agrupadas en dos tetralogías
cuyo orden de escritura no coincide con el orden cronológico de los
acontecimientos históricos reflejados. La primera de estas tetralogías
está formada por las tres dedicadas al reinado de Enrique VI (1422-1461), junto con la consagrada al ambicioso y terrible Ricardo III (que reinó en el período 1483-1485). Todas ellas fueron compuestas con toda probabilidad entre 1590 y 1594.
La segunda tetralogía, formada por Ricardo II, las dos partes de Enrique IV y Enrique V, retrocede en el tiempo. Se centra en los reinados de Ricardo II (1377-1399), Enrique IV (1399-1413) y Enrique V (1413-1422). Todas estas obras fueron compuestas en el período 1594-1597.
Habida cuenta de que gran parte del público era analfabeto, estas
obras representaban una buena forma de comunicar la historia y
fomentar, consecuentemente, el patriotismo y el amor por la cultura
inglesa, así como de inculcar un sentimiento de rechazo hacia las
guerras civiles. Además de brindar entretenimiento, las obras históricas
reafirmaban y justificaban el poder de la monarquía ante quienes pudieran poner en cuestión su legitimidad. En el teatro de Shakespeare, el rey, como en la obra dramática de Lope de Vega,
es el representante del orden cósmico en la tierra. Esto es lo que más
tarde analizarían académicos de la talla de Greenblatt, centrándose en
el discurso imperante y en la capacidad del teatro isabelino para asentar la autoridad real, mantener el orden y desalentar la subversión.
Dada la dependencia de las compañías teatrales con respecto de
sus patrocinadores aristocráticos (y, en el caso de The King's Men, de
la autoridad real), es lógico que se escribieran y representaran obras
protagonizadas por personajes histórico pertenecientes a la nobleza y
relevantes en la historia de Inglaterra. Es el caso de Enrique V, vencedor en la batalla de Agincourt
de las tropas de Francia, la sempiterna rival de Inglaterra. Retomando
hechos históricos destacados, obviando derrotas y exagerando el heroísmo
de la victoria —que se atribuía al monarca reinante—, estas obras
lograban que se acrecentase la devoción popular hacia la corona.
En los comienzos de la dramaturgia shakesperiana, la finalidad era legitimar la autoridad de la dinastía Tudor,
entronizada en 1485, precisamente tras el derrocamiento de Ricardo III,
uno de los personajes más abominables del teatro shakesperiano. La
subida al trono de los Tudor había despertado ciertos recelos, tanto
debido a su origen galés
como a lo problemático de sus derechos al trono (aparentemente, Enrique
VII, primer monarca de la dinastía, fundamentaba sus derechos en ser
descendiente de la princesa francesa Catalina, viuda de Enrique V, que se volvió a casar unos años más tarde con Owen Tudor, un noble galés poco influyente en el ámbito de la monarquía nacional.)
No obstante, existen críticos que opinan que las obras históricas
de Shakespeare contienen críticas veladas hacia la monarquía,
disimuladas para evitar posibles problemas con la justicia.
Comedias tardías novelescas o de fantasía
Las narraciones caballerescas escritas en prosa o verso eran un género de fantasía heroica muy común en Europa desde la Edad Media hasta el Renacimiento; los libros de caballerías en inglés, francés, español, italiano y alemán podían contener además mitos artúricos y leyendas
celtas y anglosajonas; también intervenían en ellos la magia y la
fantasía, y era además perceptible la nostalgia por la pérdida mitología precristiana de hadas y otras supersticiones. Esta narrativa legendaria, cuya última expresión y obra maestra fue acaso La muerte de Arturo de sir Thomas Malory, se había convertido ya en algo alternativo y popular, identificado con las lenguas vernáculas
frente a una narrativa más moralizante de carácter cristiano, vinculada
al ámbito eclesiástico, para un público más selecto y en latín. Para
definir este tipo de contenidos populares se escogió la denominación de
lo romantic o novelesco.
En Gran Bretaña, a fines del siglo XVI y comienzos del siglo XVII, el romance
se erigió como un género fantástico en el que, además de seguirse unas
convenciones características (caballero con poderes especiales, magia,
brujería, alteración de la realidad, cortejo de la figura femenina,
hazañas y arriesgadas aventuras), se añadía el hecho de la conquista de
América: un crisol de razas
y culturas bárbaras que servía de inspiración para muchos viajeros y
dramaturgos. En William Shakespeare, la obra que reúne todas las
susodichas convenciones y las plasma en una producción teatral tan
interesante como irreal es La tempestad, considerada el testamento dramático de Shakespeare porque fue probablemente su última obra.
Se representó por primera vez en 1611 y tuvo una segunda puesta
en escena hacia febrero de 1613 con motivo de la boda de Isabel
Estuardo, hija del rey Jacobo I, con el príncipe Frederick de Heidelberg.
En la pieza pueden hallarse no pocos paralelismos con las figuras más
destacadas del período jacobino: la máscara nupcial que Próspero crea
para el disfrute de Miranda y Ferdinando se corresponde con las figuras
divinas de Ceres y Juno,
auspiciando un dichoso porvenir si la feliz pareja prometía guardar
castidad hasta después del matrimonio. Esto podría haberle sentado muy
bien al monarca, tan conocido por el rigor de su moral tradicional como
por su morboso interés por la magia y la brujería, que también tienen
lugar importante en la obra. En efecto, estas prácticas motivaron en la
época la quema de mujeres entre los siglos XVI y siglo XVIII
y Jacobo I sentenciaba sin vacilar a muerte a todas aquellas personas
que estuvieran bajo mera sospecha de llevar a cabo este tipo de
ceremonias. La temática de La tempestad no podría menos, pues,
que manifestarse en un monarca —Próspero— interesado en acabar con el
maleficio de una vieja bruja, que acechaba con irrumpir en el orden
social de la isla. El mundo mágico propio de esta época reaparece sin
embargo en otras comedias novelescas y fantásticas de la última época de
Shakespeare, como son:
Cimbelino
Cuento de invierno
La tempestad
Se considera que La tempestad es el testamento dramático de Shakespeare. Al parecer inspirada en una de las Noches de invierno de Antonio de Eslava,
el príncipe Próspero náufrago en una isla, semihumano y semidivino por
sus poderes mágicos, rompe al final su varita al reflexionar sobre su
limitado poder, y resulta casi imposible no poner sus palabras en boca
del mismo Shakespeare:
Nuestras diversiones han dado fin. Estos actores, como había
prevenido, eran todos espíritus y se han disipado en el aire, en el
interior del aire impalpable; y, a semejanza del edificio sin cimientos
de esta visión, las altas torres cuyas crestas tocan las nubes, los
suntuosos palacios, los solemnes templos, hasta el inmenso Globo, sí, y
cuanto en él posa, se disolverán y, lo mismo que la diversión
insustancial que termina por desaparecer, no quedará rastro de ello.
Estamos tejidos con idéntica tela que los sueños, y nuestra corta vida
se cierra con un sueño.
Obras perdidas y apócrifas
Algunas de las obras que Shakespeare escribió con John Fletcher se han perdido, por ejemplo Cardenio, inspirada en un episodio del Don Quijote de La Mancha de Miguel de Cervantes, o Los dos nobles caballeros (1613), que fue registrada en el Quarto hacia 1637; como esta última obra no se incluyó en el First Folio,
muchos lectores cuestionan la autoría del dramaturgo en la misma. Por
otro lado, y en vista de las vicisitudes que presentan muchas de las
producciones shakespearianas, hay quienes sostienen que la mitad de
ellas se ajustarían más bien al perfil y al estilo de Fletcher.
Véase también:Los dos nobles caballeros
Juicios críticos
Shakespeare
posee, al igual que todos los grandes poetas, un gran poder de
síntesis; escribía con todo el idioma y contaba con un léxico matizado y
extensísimo. Cuidó la estilización retórica de su verso blanco, con frecuencia algo inserto en la tradición conceptista barroca del Eufuismo,
por lo que en la actualidad es bastante difícil de entender y descifrar
incluso para los mismos ingleses; rehuyó sin embargo conscientemente
las simetrías retóricas, las oposiciones demasiado evidentes de
términos; el idioma era entonces una lengua proteica y los significados
de las palabras no estaban todavía fijados con claridad por repertorios
léxicos. Si su trabajadísimo lenguaje es y solía ser (y lo era incluso
cuando Voltaire atacó en sus Cartas inglesas
las hinchazones anticlásicas de su estilo) un impedimento para apreciar
la obra del autor, también es cierto que es el asiento sobre el que
reposa su fama y prestigio como pulidor de metáforas e inventor de
neologismos comparables a los de otros dramaturgos y poetas de su época
de renombrada trayectoria, como los españoles Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Francisco de Quevedo y Luis de Góngora.
En líneas generales, la crítica ha destacado sobre todo dos aspectos de la obra dramática de William Shakespeare.
En primer lugar, una indiferencia y distanciamiento casi
inhumanos del autor respecto a la realidad de sus personajes, que
comparte asimismo con la mayor introspección y profundización en la
creación de su psicología. Shakespeare no moraliza, no predica, no
propone fe, creencia, ética ni solución alguna a los problemas humanos:
plantea, y lo hace mejor que nadie, algunas de las angustias
fundamentales de la condición humana (ser o no ser, la ingratitud, sea
filial (El rey Lear) o no, la ambición vacía), pero nunca da
respuestas: no sabemos qué pensaba Shakespeare, al que el espectáculo
del mundo le trae al fresco, por más que su visión de fondo sea pesimista
y sombría ante la posición miserable y mínima que ocupa un hombre hecho
de la misma materia que los sueños en un universo misterioso, profundo,
inabarcable y sin sentido. Mientras que el teatro barroco español
privilegia lo divino sobre lo humano, Shakespeare reparte por igual su
temor (o, más exactamente, su maravilla) ante lo celeste y ante lo
terrenal:
Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que todas las que pueda soñar [en otras ediciones, "imaginar"] tu filosofía
Shakespeare; en Hamlet, 1.° acto, escena V
Porque Shakespeare está abierto a todo, no se impone ningún límite
religioso, ético ni filosófico; hace decir a Julio César que «de todas
las maravillas que he oído, la que más extraña me parece es el que los
hombres tengan miedo» y en todo caso solo se puede tener miedo «del
miedo que tienen los demás».
Alguna vez la crítica ha señalado en su obra el hilo constante de la misantropía y, por otra parte, solo un cósmico distanciamiento ante todo lo divino y lo humano es capaz de acuñar frases como esta:
La vida es una historia contada por un idiota, una historia llena de estruendo y furia, que nada significa.
Shakespeare; en Macbeth, 5.º acto, escena V
O bien:
Naturaleza erguida dirá: "Ese fue un hombre... ¿Cuándo viene otro?".
En segundo lugar, la crítica ha destacado el extraordinario poder de
síntesis del "Cisne de Avon" como lírico; su fantasía es capaz de ver un
universo en una cáscara de nuez; como creador de personajes, cada uno
de ellos representa en sí mismo una cosmovisión, por lo cual se le ha
llamado Poet's poet (poeta de poetas). Son auténticas creaciones Ricardo III, Hamlet, Otelo, Bruto, Macbeth, lady Macbeth,
Falstaff... Sin embargo, y por eso mismo, se le han hecho también
algunos reproches: los personajes de sus obras parecen autistas, no
saben escucharse y permanecen cerrados en su mundo a toda comprensión
profunda del otro. ¿Qué simpatía existe entre Hamlet y su pobre y
torturada novia Ofelia? ¿Se han "escuchado" alguna vez Marco Antonio y
Cleopatra, quienes, a pesar de ser amantes, desconfían patológicamente
el uno del otro? El crítico Harold Bloom ha señalado esto como una de las diferencias más notables y sensibles entre Shakespeare y Cervantes. En este último existe empatía,
amistad y conexión humana entre sus personajes, de forma que estos
aprenden de los demás y evolucionan, mientras que los autistas
personajes trágicos de Shakespeare son incapaces de comprenderse y
realizar este humano acercamiento.
El estudio de Shakespeare ha sido abordado desde muy diferentes
perspectivas. En un primer momento, el historicismo analizó su obra
desde un punto de vista histórico y externo, focalizando su atención en
lo extraliterario. Como reacción, el neocriticismo
se decantó más por el análisis de la obra en sí misma, prescindiendo de
todo elemento extraliterario. El principal exponente de esta escuela
crítica fue Stephen Greenblatt.
En años recientes, han cobrado cierto auge en medios académicos los estudios de Shakespeare desde una perspectiva feminista, duramente criticados por autores como Bloom.
La poesía de Shakespeare
Sonetos
Edición de 1609 de los Sonetos de Shakespeare
Fuera de ser un dramaturgo de incuestionable importancia, Shakespeare
fue también poeta y sonetista, y se cree generalmente que él mismo se
valoraba más como lírico que como autor dramático y solamente como tal
esperaba perdurar a su tiempo. Aunque escribió sobre todo poemas
extensos narrativos y mitológicos, se le recuerda especialmente como un
excepcional autor de sonetos puramente líricos.
Henry Wriothesley, tercer conde de Southampton: Mecenas de Shakespeare a los 21 años de edad, uno de los candidatos para identificar el «Fair Lord» de los sonetos.
La primera mención de estos últimos se halla en el Palladis Tamia (Wit's Treasury) (Londres, 1598) del bachiller en Artes por Cambridge Francis Meres,
quien alaba a Shakespeare por sus "sonetos de azúcar"; esta mención
demuestra que circulaban copias manuscritas de los mismos entre sus
amigos íntimos por esas fechas:
Como el alma de Euforbio se consideraba viviendo en Pitágoras, así el alma ingeniosa y dulce de Ovidio vive en la lengua meliflua y suave de Shakespeare. Testigos, su Venus y Adonis, su Lucrecia, sus Sonetos de azúcar, conocidos de sus amigos íntimos. Y así como se estima a Plauto y Séneca cual los mejores para la comedia y la tragedia
entre los latinos, así Shakespeare entre los ingleses es el más
excelente en ambos géneros escénicos. Para la comedia son testigos Los dos hidalgos de Verona, sus Equivocaciones, sus Trabajos de amor perdidos, sus Trabajos de amor ganados, su Sueño de una noche de verano y su Mercader de Venecia. Para la tragedia, sus Ricardo II, Ricardo III, Enrique IV, El rey Juan, Tito Andrónico y Romeo y Julieta. Y como Epio Stolo
decía que las Musas hablarían en la lengua de Plauto si quisieran
hablar latín, así digo yo que las musas hablarían en la bellísima frase
de Shakespeare si hubiesen de hablar inglés.
Poco después, en 1599, algunos de sus sonetos, el 138 y el 144, más tres incluidos en su comedia Trabajos de amor perdidos,
salieron impresos (con numerosas variantes respecto a las ediciones
posteriores) en una colección de poesías líricas intitulada El peregrino apasionado, una miscelánea
de varios autores falsamente atribuida en su integridad al Cisne del
Avon y que incluye entre sus otros sonetos otros ocho que le han sido
asignados con bastante fundamento por razones de estilo y contenido.Solamente en 1609 apareció una misteriosa edición completa, seguramente
sin el permiso de su autor, por parte de un tal T. T. (Thomas Thorpe, un editor amigo de escritores y escritor él mismo). La dedicatoria es a un tal Sr. W. H.
No hay forma de establecer con justeza la identidad oculta tras
esas iniciales y se han barajado distintas teorías sobre el personaje
que se esconde tras ellas; lo más probable es que fuese cualquiera de
los habituales mecenas del poeta y la gran mayoría de los críticos se
inclina por pensar que las siglas están invertidas y se trata de Henry Wriothesley (1573), conde de Southampton, ya que Shakespeare ya le había expresado públicamente su aprecio con dedicatorias de otros poemas: Venus y Adonis y La violación de Lucrecia. Pero otro posible candidato y tan verosímil como el anterior es William Herbert, conde de Pembroke e hijo de Mary Herbert, hermana de sir Philip Sidney, el famoso poeta que compuso La Arcadia; en favor de este último cuenta también que le poseía una intensa devoción por el teatro y fue patrón de los King’s Men,
la compañía teatral de Shakespeare. Ambos eran nobles apuestos y
dedicados al mecenato del arte y las letras, y bastante más jóvenes que
el poeta, requisitos que debe cumplir cualquier verdadero destinatario
de los poemas.
El orden establecido por la edición de Thorpe ha consagrado una
peculiar estructura muy diferente a la habitual del italianizante cancionero petrarquista; en efecto, no hay composiciones en otros metros que rompan la monotonía, la métrica es muy diferente a la del soneto clásico (se trata de tres serventesios y un pareado, el llamado soneto shakespeariano)
y está consagrada en su mayor parte a la amistad (o amor) de un hombre,
al que interpela frecuentemente para que cree su propia imagen y
semejanza:
Crea un otro tú, por afecto a mí, para que la belleza sobreviva por ti o por los tuyos
(X)
Se instala, pues, en una tradición completamente renovada y original, y el propio poeta era irónicamente consciente de ello:
¿Por qué mis versos se hallan tan desprovistos de
formas nuevas, tan rebeldes a toda variación o vivo cambio? ¿Por qué con
la época no me siento inclinado a métodos recientemente descubiertos y a
extraños atavíos? ¿Por qué escribo siempre de una sola cosa, en todo
instante igual, y envuelvo mis invenciones en una vestidura conocida,
bien que cada palabra casi pregona mi nombre, revela su nacimiento e
indica su procedencia? ¡Oh, sabedlo, dulce amor, es que escribo siempre
de vuestra persona y que vos y el amor sois mi eterno tema; así, todo mi
talento consiste en revestir lo nuevo con palabras viejas y volver a
emplear lo que ya he empleado. Pues lo mismo que el sol es todas los
días nuevo y viejo, así mi amor repite siempre lo que ya estaba dicho.
(LXXVI)
Puede dividirse en dos series sucesivas de sonetos: una de 126, que
celebra a un amigo rubio y bien parecido de alta alcurnia, mecenas del
poeta, al que propone que deje la soledad, el narcisismo
y los placeres y engendre herederos, y los 28 últimos, que conciernen a
una mujer morena, que se hallaba casada, como se infiere de una alusión
del soneto 152, y seguramente era un amujer instruida, ya que sabía
tocar la espineta o clavecín. Dos de los sonetos se consideran aparte, pues son versiones de un mismo epigrama de la Antología griega.
Por otra parte, aparece también y ocasionalmente, en el trío
formado por Shakespeare, el enigmático destinatario y la dama morena, un
poeta rival, hecho que complica todavía más la historia de un amor que
en la lengua de la época podía entenderse también como amistad o como
ese tipo especial de dilección que se establece entre un poeta y su
mecenas. Los expertos (William Minto, seguido después por Edward Dowden, Tylor y Frederick Furnivall) sostienen en su mayoría que este poeta era el helenista George Chapman, ya que se le identifica como autor de alejandrinos, versos entonces bastante raros en la métrica inglesa y que solo utilizaba por entonces tal autor.
Los temas de los Sonetos son el amor y el tiempo, de
alguna forma contrapuestos; en este último tema se profundiza en lo que
se refiere a la fugacidad, llegándose a veces a lo metafísico. Cada
soneto contiene también un movimiento dramático; se aprecia además en su
lectura, sobre todo, el valor moral y espiritual del mensaje y la
filosofía que nos deja: aprovechar el escaso tiempo que la vida nos
depara para entregarse de fondo a ella. Claudio Guillén,
además señala que "Shakespeare se atreve a decir cosas nuevas,
completamente nuevas, como la no diferencia entre la amistad y el amor
y, también, la no diferencia esencial entre el amor a la mujer y al
hombre".
La cronología de los sonetos es difícil de establecer, pero se conjetura que fueron compuestos entre 1592 y 1597.